Tormenta de arena

Ya hace varios días que me despierto totalmente desorientada, sin rumbo. Mi padre siempre me decía, nos decía:

“En la vida, vamos caminando en una dirección y, de repente, el viento sopla, te zarandea y

en un solo segundo te encuentras caminando en otra dirección que nunca habías contemplado”.

Pienso mucho en esa frase y en cómo hay cosas que no comprendemos de verdad hasta que las vivimos.

En este momento, me encuentro precisamente en ese nuevo camino donde la vida me ha colocado después de una tormenta de arena y en donde, tras esa inclemencia, el paisaje parece otro. Un consuelo que me queda es creer que la música puede ser  mi brújula en estos tiempos tan difíciles y tan turbios para mí.

 

La música me ha acompañado desde que nací. En mi casa familiar siempre había alguna sonata, concierto o cualquier otra pieza clásica sonando de fondo o no tan de fondo. A los 7 años de edad, mi hermano comenzó sus estudios con el violín. Recuerdo que venía a ensayar sus canciones mientras mi madre planchaba y yo jugaba con mis muñecas. Yo le decía: “Manolo, yo también quiero conocer ese idioma que tú ahora eres capaz de leer”. Al poco tiempo, mis padres me apuntaron a la escuela de música y ahí empezó mi aventura. Cierto es que querían que tocara también el violín pero me empeñé en estudiar flauta travesera, me encantaba su sonido.

Como en toda aventura, no siempre las cosas son fáciles o color de rosa. Además, las personas cambiamos conforme pasan los años y nuestra percepción de las cosas evoluciona. En esta aventura también tienes que lidiar con un compañero de viaje que siempre te acompaña, tu instrumento musical. ¡¡Qué relación tan curiosa la del músico y su instrumento!! A veces amor, a veces odio, a veces indiferencia, a veces apatía, a veces ternura…pero en definitiva, somos nosotros mismos los que creamos esa relación. Pobre del instrumento, él tan sólo obedece para expresar cómo el ser humano se siente en cada momento. Porque, no te engañes, por mucho que interpretes una obra queriendo transmitir ciertas emociones, siempre hay un poso de cómo te sientes en ese momento de tu vida, y eso, sale al exterior.

En ocasiones es tanta la desmotivación que sientes en tu interior que una emoción muy fuerte te empuja a abandonar todo aquello que conseguiste, a dejar atrás todo aquello que viviste y empezar una nueva aventura.

Pero al final, después de todo, la música sigue ahí, contagiando su fuerza. Una fuerza procedente de algo muy poderoso que simplemente con escuchar, puede provocarnos la carcajada más grande, el llanto más desesperado, la alegría nunca sentida, la tristeza nunca vivida…

Es ahí cuando te das cuenta  que la música no te abandona jamás. Quizá hay temporadas en las que se crea un velo translúcido que no te permite ver con claridad ni sentir con valentía aquello que realmente te apasiona.

En mi caso, tuve suerte, puesto que en mi aventura tenía además un segundo compañero de viaje. Un compañero que si bien era esporádico, ahí estaba en los momentos más duros. Me alzaba su mano para que yo no cayera demasiado fuerte al tropezar con las piedras del camino y protegía mis espaldas para que no pudieran hacerme daño o me pasara nada malo.

Este viajero me acompañaba en mi aventura y siempre encontraba palabras de consuelo para mí, aportando un poco de luz cuando nada se veía al final del túnel. Era mi hermano Manolo. Nos gustaba practicar música juntos, interpretar las obras y darnos consejos mutuamente. Aquellas obras que teníamos que preparar para clase, para un examen o para una audición. Entre nosotros encontrábamos la solución a ese pasaje que no salía, a esa frase musical que no tenía expresión, a ese sonido que no correspondía con el mensaje de la obra o el estilo…

Con el tiempo y por motivos varios, ese viajero se fue haciendo cada vez más esporádico pero no por ello menos importante. Yo seguía sintiendo su afecto, su cariño, su interés, sus ganas de verme bien. Yo sabía que contaba con él.

De repente un día, algo más grande que el poder de la música, le hace desaparecer para siempre. Al principio piensas que es una broma de mal gusto o simplemente un mal sueño. Sin embargo, pasan las horas, los días, las semanas… y  te das cuenta que el sol sale y se pone y tu querido hermano sigue sin venir a visitarte. Alguien te dice que ya no está en ese tren. Sientes un dolor tan grande que quieres bajar del tren y correr a buscarlo pero te das cuenta que no es posible. Tu vida, tu viaje va en otra dirección y esos caminos por los que pasarás en este mundo terrenal no se encontrarán nunca más con tu compañero de viaje, tu compañero de música,  mi alma gemela.

 

Muchas gracias por llegar hasta aquí en el post de hoy.

Si te ha gustado y te apetece compartirlo o comentarlo, adelante.

Que tengas un bonito día.

¡Hasta la próxima!

 

 

6 comentarios en “Tormenta de arena

  1. Creo que podría suscribir cada una de tus palabras, pero cambiando el instrumento musical por las aficiones que compartía con tu hermano. Los juegos de mesa, de Rol, o nuestros viejos piques al ‘Street Fighter’.
    Un compañero tan magnífico, sea cual sea el camino, no se olvida con facilidad; y aunque físicamente no lo veamos, el espíritu siempre está presente, de una manera u otra.

    Un abrazo muy fuerte, Elvira.

  2. Tuviste la suerte de compartir tu vida con ese compañero tan especial, es muy triste no volver a verlo pero has sido afortunada por disfrutar tantos años de andadura, por ser su hermana, su amiga, su confidente, su alma gemela, eso es en lo que tienes que pensar; no todo el mundo tiene una persona tan maravillosa, tan sensible, tan generosa cerca a lo largo de su vida
    Yo fui su amiga, su compañera de atril en el Conservatorio durante varios años, compartíamos capítulos de su libro y por supuesto que nunca lo olvidare. Nos enseñó a todos una lección de amor, de saber vivir con honestidad y respeto. Su excelencia como persona lo hacía único, así que da gracias por ese hermoso regalo que la vida te brindó. Un abrazo Ana

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